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El MACCSI.
Reflexiones sobre su colección

| El Museo en
tanto institución, como bien señalo Andreas Huyssen, «se ha convertido en un paradigma
clave de las actividades culturales contemporáneas». Son muy distintos y dispares los
criterios de asociación que hoy podríamos establecer con los conceptos dominantes en los
museos hasta el siglo XIX y hoy, a menos de tres años para finalizar un milenio, la
situación se vuelve doblemente importante y, a la vez, compleja.
El rol de los museos ha desplazado su centro
de atención de las obras de arte a la relación con la gente. En una frase hermosa e
inspiradora -«El Museo Imaginario»-, André Malraux ha descrito los términos de este
nuevo espacio para concluir que la «obra de arte sólo cobra sentido cuando entra en
contacto con un espectador, cuando contribuye a transformar su conciencia y liberar sus
propias metáforas y metamorfosis». No es fácil, entonces, abordar la reflexión acerca
de la creación y formación de la Colección de un Museo de Arte Contemporáneo, y más
aún cuando dicha tarea se inscribe en el contexto de desarrollo de un Museo de Arte
Contemporáneo en un país como Venezuela, hace casi veinticinco años.
La historia de este Museo es absolutamente
inusual, pues no corresponde a los caminos y regulaciones comúnmente aceptados como
pautas para la creación de instituciones museísticas- lo cual nos coloca ante una
situación absolutamente atípica con respecto a lo que ellas son por tradición.
En la creación y
desarrollo del MACCSI jamás me orienté por estándares mecánicos, sino por una radical
intuición, exigencia de mirada y sobre todo por la más absoluta convicción de que es
posible mejorar al ser humano mediante la apreciación del arte y convivencia con él. La
impronta de lo inusual atraviesa la historia de esta institución desde su fundación,
cuando saltamos la exigencia oficial que refiere convencionalmente que un museo es un
centro cultural que reserva patrimonios artísticos de una nación y para ello parte de
una sede y de la propiedad de una colección. Él nuestro es un museo que nació de la
nada y tan radical afirmación es comprensible si tomamos en cuenta que cuando en 1971
inicié su creación, no tenía entre manos nada que pudiera relacionarse con lo que
llegó a ser el Museo, y por eso resulta imposible categorizar tanto su origen como el
desarrollo y crecimiento de su Colección dentro de las tradiciones museísticas. Tales
procesos se dieron de manera orgánica y racional, gradual y sin estancos, haciendo de
ésta una obra única e irrepetible que respondió a las exigencias del contexto
sociocultural venezolano. Para entonces, estaban dadas en el país las condiciones históricas que
favorecían el inicio de un proceso acelerado y de incontenible crecimiento social, y
Caracas era una de las pocas capitales que no contaba con un museo dedicado exclusivamente
al arte de nuestro tiempo, con una biblioteca especializada, ni con una colección de arte
importante, de altura internacional, con obras de indiscutible reconocimiento en los
principales museos del mundo. El Museo debía llenar un vacío y nacía prácticamente en
el vacío: con espacios físicos reducidos que originalmente habían sido concebidos como
talleres mecánicos y no como salas de exposición, sin colección y con un escaso
presupuesto que exigía ser aprovechado al máximo y ser administrado con una impecable
política gerencial.
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En un momento histórico en el cual el
concepto de excelencia se encuentra sometido a ardientes discusiones, nosotros intentamos
abordarlo y asumirlo, no sólo con respecto a la Colección sino también con el
funcionamiento de la propia Institución. En este sentido hemos creado un museo activo que
cubre diversos aspectos de la vida social y la educación del país. Sería egoísta
pensar exclusivamente en obras colgadas de las paredes y para superar esta visión de
museo/mausoleo, proporcionamos una programación didáctica orientada a la formación y el
fortalecimiento de la sensibilidad estética en nuestra población. Formar la Colección
concentró fundamentalmente mi atención y bajó mi total responsabilidad ha estado la
selección e incorporación de piezas de la más alta calidad, pertenecientes a grandes
maestros, grandes líderes o pioneros de movimientos artísticos contemporáneos. Son
numerosos los matices que la caracterizan y los criterios que la inspiran y determinan.
Para empezar, no me interesan las obras de mediocre valor; y aunque esta exigencia
cualitativa inevitablemente restringe la cantidad, pienso que una sola obro valiosa es lo
que cuenta por su alcance como modelo histórico, formal, estético y pedagógico.
Desde el punto de vista de la
catalogación artística, en un principio consideré implantar la decisión según la cual
nuestra Colección cubriese exclusivamente el arte después de la guerra, tomando como
fecha de partida el año 1945, pero con el tiempo ese aspecto debió ser superado,
teniendo en cuenta las condiciones específicas de nuestro país y las oportunidades que
representaría incluir a las maestras del arte de este siglo, las cuales, hasta ahora,
cubren un periodo que comienza con el final del siglo XIX y las primeras obras
impresionistas, culminando con las más recientes manifestaciones de las artes plásticas.
Evidentemente, al presentarse la ocasión resultaba imposible excluir creaciones de
Kandinsky, Nolde, Ernst, Matisse, Chagall, Monet, Rodin o mucho menos Pablo Picasso, sólo
porque éstas fuesen anteriores a un periodo etiquetado por pautas que predeterminan que
lo «contemporáneo» se inicia después del 45.
No se debe interpretar, sin embargo, que este
punto de vista cubre una concepción historicista. Por el contrario, si atendemos al hecho
de que los únicos criterios para el ingreso son la calidad y la excelencia, eso quiere
decir que la nuestra no tiene pretensiones de ser una colección histórica. Las obras que
ella tiene no han sido incluidas porque representen algún proceso histórico en
particular o interesen como documentación de la historia del arte; son piezas que
continúan viviendo como experiencias perceptivos y mentales en quien los observa.
Otro aspecto especial dentro de las
tentaciones que acosan a un director de museo que forme sus colecciones, es la atención o
las modas. Cuando se crea una colección de arte contemporáneo, asedio doblemente el
inevitable peligro de los movimientos de última hora. El fantasma de la novedad recorre
permanentemente las decisiones y ha sido ése un fantasma que definitivamente desarraigo
de mis esquemas desde el instante en el cual me fue entregado el proyecto del MACCSI. |
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En este sentido mi posición ha sido radical: en el
momento de escoger una pieza, antes que en la «moda» o en lo «novedoso», pienso en la
responsabilidad cultural y patrimonial que tengo con mi país y en la confianza que
Venezuela ha colocado en mi al otorgarme los recursos necesarios para la adquisición de
obras de arte. Más que la moda, me ha interesado asegurar valores que, o la larga,
sostendrán la coherencia final de la Colección como patrimonio de una nación.
Lo anterior no quiere decir que desdeñemos
la apreciación de los movimientos artísticos de los últimos veinte años o la obra de
artistas jóvenes no consagrados por un reconocimiento seguro. Por el contrario,
permanentemente he puesto mi cuidado en la producción de aquellos creadores noveles,
siempre conservando los parámetros de calidad y rigor. La presencia de artistas
emergentes en la Colección, muchos de ellos provenientes de los Salones de Jóvenes que
suele presentar el Museo, no es tampoco el resultado de una concesión complaciente o una
decisión demagógica para contentar al público, sino que se vinculo más bien con la
realidad venezolana misma: un país joven cuya población juvenil participo activamente en
las exposiciones y eventos de confrontación.
Esto posición en cuanto o criterios
aparentemente puede presentar problemas específicos con respecto al arte contemporáneo
como tal, puesto que la inevitable proximidad temporal puede afectar de manera serio la
objetividad en la decisión de adquirir una determinada obra. En particular, además de
considerar que no existe un juicio absolutamente objetivo ya que se troto de un concepto
filosóficamente superado, creo que es mejor hablar de un máximo sentido de «certeza
subjetivo» y en este particular asumí el riesgo. Antes de dejarme llevar por modas
artísticas, he preferido un crecimiento prudente y acertado con obras maestras sin
desatender, por supuesto, o los jóvenes artistas que se encuentran bien representados en
la colección.
El pensador y sociólogo Max Weber prefería
hablar de intersubjetividad: uno suerte de subjetividad compartida y confrontado con los
hechos, o medio camino entre la aridez objetiva y la inestabilidad subjetivo. Si ello es
así en un terreno como la explicación social, mucho más acentuado se presenta el
problema a la hora de definir el «arte», lo «obro de arte» o porqué lo «obra de arte
ingresa en uno colección». Prefiero entonces sincerar mi posición y afirmar sin
reservas que, en una primera instancia, las piezas que pertenecen a esto Colección han
ingresado a ella gracias o uno especie de «amor o primero visto». No quiero con esto
decir de ninguna manera que la Colección es producto de un capricho o de uno intuición
primaria. Simplemente considero que es imposible crear una colección por computadora,
como si se tratase de uno planilla de recaudación de impuestos. La toreo de formar
colecciones es, ante todo, un acto creativo, y la creatividad no puede ser sometida a
reglas fijas. Tampoco quiere ello decir que por ser producto de un sello subjetivo, a la
final tengamos un conjunto de obras con valor per se. |
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La colección del MACCSI
demuestra un resultado final que se caracteriza por la unidad de criterios, donde
claramente es posible detectar núcleos conformados por los maestros fundadores de la
sensibilidad contemporánea, el desarrollo de la abstracción, los nuevos esquemas
figurativos, piezas ejemplares de la escultura del siglo XX y un conjunto orgánico de
obra gráfica, estructurado por series completas de creadores esenciales de la
contemporaneidad.
La principal vía de ingreso es la
adquisición, para lo cual se utilizan al máximo nuestros recursos presupuestarios. Pero
además he logrado imponer en Venezuela un sistema que, aunque es muy conocido
mundialmente, había sido empleado muy poco en nuestro país, quizás porque aún la
conciencia ciudadana no se encontraba sensibilizada para ello y fue tarea nuestra hacerla
realidad. Me refiero a las donaciones. Muchas de nuestras obras maestras provienen de
donaciones privadas y fundacionales. Y en muchos casos no se trata sólo de una pieza sino
de series completas de obra gráfica o series dedicadas a un solo artista. En otros casos
han sido los mismos artistas quienes deciden donar sus obras en reconocimiento a la
Institución.
La labor de formación se inició con un conjunto adquirido por el Centro
Simón Bolívar y donado en comodato al Museo de Arte Contemporáneo. Esas primeras obras
conformaban para entonces una pequeña Colección que reunía algunos nombres importantes
dentro de la plástica contemporánea: Adomi, Larry Belí, Stephen Buckley, Patrick
Caulfield, Jesús Soto, John Latham, Pavlos, Michelangelo Pistoletto, Richard Smith,
Marisol, Giangiacomo Spadari, Emilio Tadini, Lucio Del Pezzo y Hervé Télemaque.
Con la realización de nuestras primeras
exposiciones incorporamos piezas provenientes de los artistas que participaban en las
mismas y así por ejemplo obtuvimos el Espacio Fontana, las obras de Red Grooms, las
esculturas de Tsai, obras de José Luis Cuevas, Botero, Vosarely, Francis Bacon, sin
desatender por supuesto el crecimiento orgánico y prudente de nuestros espacios y salas
de exposición. Sin embargo, el ímpetu inicial, el primer gran paso para formar una
verdadera colección de arte lo dimos hacia 1980, cuando ingresaron la Odalisca con
Pantalón Rojo de Matisse, Dos Figuras Acostadas y Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso,
el Carnaval Nocturno de Chagall, Lección de Esquí de Miró... Con el tiempo y los
esfuerzos asignados a nuestra tarea de nutrir el patrimonio artístico, fueron poco a poco
incorporadas las piezas que hoy sostienen la Colección.
En última instancia, el trabajo de la Colección del MACCSI ha sido
realizado en favor de la transformación y el enriquecimiento de la calidad de vida de los
venezolanos, donde igualmente hemos desempeñado un papel sui generis. Jamás utilizo el
término de «público» para referirme a los visitantes del Museo, porque contiene
implicaciones cuantitativas, homogeneizantes y masificadoras. Prefiero hablar de una
relación entre el Museo y la gente, que presupone diferencias, complejidades o dinamismos
que nos orientan hacia una atención más individualizada. Quizás en Europa la situación
es distinta porque los museos europeos sostienen una tradición y una genealogía que
hacen prácticamente imposible pensar en que la gente no asista a ellos.
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Para cualquier ciudadano europeo la situación
museística es una experiencia normal y corriente, mientras que para nosotros se presenta
como una experiencia poco asumida. A este respecto, nuestra primera misión fue crear la
necesidad, la fuente de identificación entre la gente y su Museo. Pusimos en practica una
estrategia activa de captación que incluye planteamientos didácticos y expositivos no
convencionales y hoy día sostenemos una afluencia considerable, con récord nacional de
gente que disfruta de un museo. Es eso lo que en los niveles más profundos, a la larga,
se mantiene en mí como motivo y estímulo central: formar una colección para la gente,
sensibilizar por medio de ella al ser humano, despertar un interés inteligente por las
cosas del espíritu que fueron creadas por gentes vivas y, sobre todo, quebrar las
barreras de oposición entre esas gentes y la obra de arte, partiendo de su apreciación,
no como un encajonamiento erudito, sino como proceso viviente y en permanente
transformación.
Sofía Imber
Director. Fundador |


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