| EL
NACIONAL - DOMINGO 28 DE JUNIO DE 1998 |
Carmen Calvo fetichista de lo cotidiano
La creadora española es una de las invitadas especiales de la Feria
Iberoamericana de Arte que comenzará el miércoles. Autora de una de las propuestas
plásticas más interesantes de su país, al cual representó en la pasada Bienal de
Venecia, se vale de curiosos objetos para narrar historias a menudo autobiográficas. EL
NACIONAL la entrevistó en su estudio de Valencia y aclaró que ella no es ninguna
estrella, sino una voyeur que espía lo que sucede día a día
MARIA JESUS MONTES
Carmen Calvo atiende el
teléfono en su taller y se lanza a hablar como una locomotora sin frenos: "Estoy
preparando el viaje a Caracas con mucha ilusión porque es mi primera visita. Allí
tenéis un movimiento cultural muy importante, buenos coleccionistas, y un país que debe
ser una maravilla". Uno entonces se imagina a esta creadora española (Valencia,
1950), una de las invitadas especiales de la Feria Iberoamericana de Arte, gesticulando
exageradamente con una sola mano mientras con la otra sostiene, a duras penas, el
auricular.
Son las 4:00 pm en la ciudad mediterránea y apenas se termine la conversación, Carmen
Calvo volverá a la carga. Acaba de llegar de viaje y debe terminar las piezas que
exhibirá en Caracas, en el stand de la Galería Luis Adelantado. "Presentaré
dibujos y los llamados `cuadros negros', obras con objetos adheridos que son como raciones
de una historia cualquiera, los cuales siguen la línea de lo que mostré en la Bienal de
Venecia, en 1997".
La creadora valenciana, que saltó a la fama en los años setenta, es dueña de un
trabajo genuino, personal y de difícil categorización. Se sabe que se inició, a finales
de 1960, en los terrenos de la pintura, y que poco a poco se metió en el mundo de las
tres dimensiones. Al principio utilizaba el barro como si fuese óleo, chorreándolo sobre
los lienzos de los que ahora sujeta cosas insólitas: fórceps, mechones de cabellos,
hormas de zapatos, guantes...
Lo suyo es la poética del objeto; la vinculación con la realidad circundante; la
expresión de sus vivencias personales; la construcción de una arqueología de lo
femenino.
-Estas son algunas de las cosas que se dicen de usted. ¿Pero cómo se presentaría
Carmen Calvo al público caraqueño?
-Pues, fíjese, yo soy básicamente una pintora, pero no en el sentido tradicional. Mi
amiga Eugenia de Suñer (una galerista venezolana radicada en Madrid) me ha dicho que mi
mundo -el de los objeto y su disposición- podría interpretarse muy bien allá y que el
público podría conectarse con las narraciones de mis cuadros. Por eso estoy tan
emocionada.
-¿Sus cuadros son, entonces, retazos de vivencias?
-Sí. Yo trato de relatar el día a día, reflejar la sociedad donde me desenvuelvo y
transmitir lo que esté pasando en cualquier parte del país con respecto a la política,
el sexo... Como soy una gran voyeur me gusta observar la historia.
-De hecho, usted piensa que la labor de los artistas es contar cosas, ¿no?.
-Pues creo que existe una mafia de gente que puede hacer esto (risas). En ella incluyo
a los actores, a los escritores, a los pintores... y también a los que venden frutas en
un mercado. Lo que pasa es que no siempre las historias son interesantes.
-Su obra reciente parece una constante aproximación a la infancia.
-Sí, es una mirada a esa época, pero no es una mirada nostálgica. Me gusta recuperar
ciertas vivencias y costumbres de entonces. El amor por los objetos me viene de esa etapa.
Mi padre era muy fetichista, le gustaban las cosas, tenerlas ordenadas. Finalmente, uno es
igual al escritor que cuenta sus propios fantasmas y sueños. Uno va escribiendo su propio
diario.
-¿Usted también es fetichista?
-Sí que lo soy. Me gustan los objetos, no sólo en mis cuadros sino a mi alrededor. Mi
estudio está lleno de cosas. Fíjese, de todos los talleres de artistas que he visto, el
que más me ha emocionado es el de Joseph Cornell. Lo conocí por fotografías y estaba
todo lleno de enseres, recogidos, hallados o comprados. A mí me gustan las cosas porque
me sirven para apoderarme de las historias de otras personas.
-¿Existe algún objeto que se niegue a utilizar, que se le resista?
-Hay uno que empleo frecuentemente y que me produce mucha incertidumbre: el cabello. Me
da cierto asco porque el pelo es lo que perdura después de la muerte. Y a la vez tiene
que ver con un recuerdo ligado a la infancia: a las niñas nos cortaban la trenza a cierta
edad y nos la envolvían en periódico. Es algo muy fetichista, muy femenino, y a la vez
muy repulsivo.
-Por cierto, es evidente la presencia de un discurso femenino en su trabajo. ¿Usted lo
reconoce así?
-Sí, totalmente. Aunque no voy por ahí con unas posturas radicales.
-También aseguran algunos críticos que sus cuadros transmiten una poesía dolorosa.
-Es que los cuadros no salen fácilmente; algunos te cuestan mucho. En principio,
pintar es un disfrute, pero luego está el proceso de aceptar a ese "hijo", que
te agrade o no, que lo deseches o lo admitas. Para decidir qué hacer con las obras las
dejo reposar bastante. Indudablemente, no todas alcanzan la categoría que uno espera.
Pero vamos forzándonos...
-¿Por qué le cuesta tanto reconocerse como una artista interesante?
-Es que fíjese: no hay artista que valga. El verdadero artista es el día a día. Yo
puedo atravesar algunos momentos de flojedad en los que no me guste mi trabajo -porque al
primero que le tiene que agradar los cuadros es a uno-. Tenemos que ser muy humildes,
porque basta mirar la historia del arte. Sin falsa modestia, creo que aún estoy en el
comienzo de muchas cosas. Cuando viajo mucho me pongo muy nerviosa porque siento que mi
verdadero lugar está en mi estudio. Acabo de estar en México (donde presentó una
individual en el Museo de Arte Moderno) y ahora estoy pensando en Caracas. Todo esto es
muy interesante y enriquecedor, pero hay que tener la humildad de esperar a ver qué pasa.
En este mundo la pintura interesa muy poco. Uno no es ni más ni menos famoso. Yo sigo
estando en el mismo estudio de cuando tenía 20 años. Lo verdaderamente importante es que
trabajo en lo que me gusta y eso me hace muy afortunada.
-Acaba de exponer en la Galería Salvador Díaz de Madrid, después estuvo en México y
en pocas horas llegará a Caracas. Carmen Calvo está indetenible.
-Hay que estar siempre enamorada de este oficio...
-¿Y en más de 20 años de trayectoria no se le ha enfriado la pasión?
-No, pero me produce mucha ansiedad que un día no sienta nada. Será como si hubiera
llegado la jubilación.
Ni un pelo de formalidad
Carmen Calvo es una mujer con una simpatía que atropella. En España es tan conocido
su talento como su atractiva personalidad, totalmente alejada de los formalismos. El
diario madrileño El País ha dicho de ella que "parece más la dueña de una tienda
de cosas de comer que es amiga de las clientas, a las que hace rebajas" que una
artista. Pero cuando uno se entera de que el Museo Guggenheim de Nueva York, el Chase
Manhattan Bank o el Museo de Arte
Contemporáneo de Caracas Sofía Imber poseen obras suyas, cae en cuenta de que esta
creadora verdaderamente se las trae.
El estudio desde donde conversa está situado en un barrio popular de Valencia, en una
calle estrecha y bulliciosa que debe tener un aspecto de vecindario bien avenido. Trabaja
allí desde los 19 años y ahora pisa los 58. "Es muy gratificante estar rodeada de
personas que, aunque no tienen nada que ver con uno en el sentido plástico, son
maravillosas en el plano humano. A mí me gusta que me aprecien, que me saluden".
Tal es el grado de confianza alcanzado por los habitantes de esa calle, que a Carmen
Calvo le llaman "La Calva". "Es un mote que me ha puesto una amiga",
explica. Y se muere de la risa.
-¿Y sigue usted con el cabello pelirrojo como sale en las fotografías?
-(Risas) Sí, me he puesto los pelos rojos hace dos años. Debe ser que como pinto
tanto en blanco y negro, quise darle algo de color a mi vida.

