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I
En Venezuela, afortunadamente, han existido (con algunos períodos
de interrupción) espacios institucionales que permiten una renovación constante de
nuestros artistas. Esta muestra es de alguna manera una prolongación de aquellos intentos
que en el país se realizan para darle a los artistas, sobretodo a los más jóvenes, la
oportunidad de mostrar su trabajo en un contexto que por lo general está alejado de los
riesgos que estos por definición corren. Algunos antecedentes, como la sección Project
Room (bajo la curaduría de Octavio Zaya) de ARCO, la feria española del arte, han
demostrado el éxito que este tipo de experiencias tienen entre un público que suele
expresar intereses mucho más diversos de los que se le adjudica.
Vendría a comprobarse, entonces, con la realización de esta colectiva, que el artista
joven, cuyos trabajos se fundan en la experimentación (errar es su principal derecho), no
es un patrimonio exclusivo (paradoja de los excesos institucionales de nuestro país), del
oficialismo.
Esta muestra debería simbolizar una búsqueda constante de nuevos espacios.
Espacios que como algunas galerías emergentes y espacios alternativos dirigidos por los
propios artistas, ya se han percatado, son imprescindibles en la constatación que nos
depara una historia (la propia) que ha abusado del diálogo y ha prescindido de mejores
posibilidades para disentir (recordemos brevemente como muchos de nuestros movimientos de
vanguardia, por ejemplo el que encabezaban una serie de manifestaciones performativas,
fueron tan absorbidos como olvidados por algunas nuestras instituciones culturales). Y
más aún, porque sabemos que el lenguaje de la crítica institucional entre nosotros
todavía no ha llegado al grado de esterilidad intencionada (ese aburrimiento que
escandalizó a unos cuantos), predominante en otras situaciones caracterizadas por la
sobreproducción de una discusión crítica (anacronismo tardío).
Este es el artista joven: el que logra situarnos en estos espacios movedizos, inestables,
frágiles, fragmentados, cuya única certeza sea quizás la que se expresa en términos de
su condición artística. "Soy artista", como punto de partida y no como mera
circunstancia.
II
En nuestra escena reciente, ha persistido una cierta opción de
aproximación a las obras por parte del espectador que este texto intenta asumir como
motivación. Esta opción consiste en el rechazo o aceptación de las obras de acuerdo con
los recursos utilizados por los artistas, una opción que vendría suponer, desde mi punto
vista erróneamente, que a las nuevas generaciones se les puede definir en términos de
los recursos que manejan. Ejemplos sobran. Tenemos, en una instancia, a aquel espectador
que admira, acepta (y legitima) una obra porque ésta se le presenta en el formato de lo
que los medios tecnológicos pueden lograr por sí mismo (a estos artistas se les suele
estudiar en la categoría de los que están rebasados por los recursos que utilizan).
Mérito artístico propio: Ninguno. También está aquel espectador que rechaza esta misma
obra justamente porque utiliza medios que por deformación de la información carecen de
una tradición artística. Mérito a la recepción crítica: Ninguno.
Este comportamiento del espectador parece estar signado por la comprensión del
significado de lo artesanal. Lo artesanal entendido aquí de manera inclusiva, es decir,
sin olvidar que tanto la manipulación de un material como de cualquier materia (por muy
virtual que ella se cuando la tenemos presente), tiene como resultado una forma que
intenta presentar un contenido, cualquiera que este sea.
Este es el hilo conductor de esta exposición. Señalar, sin restricciones instrumentales
desde la práctica curatorial (dejando abierta la libertad que cada artista posee en la
creación de su trabajo), un aspecto de la incidencia de la realización de la obra en la
relación con el espectador. Intentar profundizar en la responsabilidad, el deber, a veces
olvidado, que un artista de cualquier edad, tiene ante la exhibición de su investigación
a una audiencia.
III
Entre los artistas que están presentes en la muestra se han
establecido unos grupos arbitrarios de trabajo con fines exclusivamente curatoriales. La
clasificación está dividida por géneros de tal manera de insistir en su irrelevancia.
La división genérica está tomada a su vez de diferentes estratos históricos que en el
arte han surgido con el afán de mantener ciertas categorías, y que aquí colapsarían
ante el más mínimo intento de estructurarlas.
Los géneros que se han tomado son: pintura, instalación, video, fotografía y collage.
En el grupo de los pictóricos se reúnen Emilia Azcárate, Manuel Lebón y Carlos Julio
Molina. En fotografía caben Muu Blanco, Dulce Gómez, Andrés Manner, Luis Molina-Pantin
y Alfredo Sosa. En collage, Mariana Bunimov, Beatriz Inglessis, Diana López. El colectivo
de Daniela Lovera y Juan Nascimento, así como Leonardo Cayuela y Edmundo Hernández de
Marchena se ubican en la categoría video. Magdalena Fernández, Alí González, Alexander
Gerdel, Luis Romero y Luis Salazar, por su parte, están agrupados en la instalación.
Cabría insistir que estos artistas, como señala Simon Sheikh, son "libres de
transitar como un nómada' entre diversos medios, en sus búsquedas de objetivos y metas
artísticas." "El medio específico" continúa Sheikh, "es formalmente
una cuestión agotada".