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Definitivamente como señala Salman Rushdie, vivimos en una cultura que erotiza y
glamoriza rutinariamente sus tecnologías de consumo. En una especie de Parque de
Diversiones que a ratos hace reales los más dulces sueños, a ratos las más siniestras
pesadillas, la máquina permanentemente saca a relucir que el triunfo de la razón ha sido
tan ambiguo como la defensa exacerbada de la espontaneidad y la intuición. Es obvio que,
en tales circunstancias, la producción artística arrastra consigo las mismas aventuras y
desventuras que a diario someten a la unidad de la persona y de la conciencia, en esa
especie de inevitable atracción por los nuevos espacios que ha abierto el desarrollo
tecnológico, pero también por sus limitaciones, pues no se trata únicamente de la
fascinación por la maquinita, sino de las posibilidades de mantener la fuerza creadora,
el impulso de la poiesis, dentro de ese mundo de luces, cables y tránsitos cibernéticos.
Cuando en una exposición como el Salón Pirelli principal evento de confrontación para
los jóvenes en América Latina los artistas escapan con decisión y vehemencia de los
márgenes tradicionales de las disciplinas pictóricas o escultóricas, no están
proclamando la muerte de ellas, sino simplemente pronunciándose con respecto a las
innumerables posibilidades en las redefiniciones de la estética que se les abren al
explorar los nuevos medios, desde la ampliación del concepto de espacio y la relación
con el espectador, hasta los infinitos cambios en la construcción y tratamiento de la
imagen, pero, sobre todo, en la construcción de un discurso diferente, de una inédita
conformación de la experiencia de creación.
En este sentido, TecnoFia se perfila como un evento de apoyo consistente y dinámico para
la difusión de estas corrientes alternas en el arte contemporáneo venezolano que, por
abordar justamente la experimentación con nuevos medios, no suelen ser presentados de
manera oficial en los circuitos legitimados del mercado.
El Escuadrón SUDACA, por ejemplo,
coloca su principal centro de actividades en el espacio de creación de una suerte de
terrorismo semiótico donde se cuestionan sin piedad las bases del sentido que articula el
imaginario cultural contemporáneo, integrando también el recurso publicitario de las
vallas y la propaganda como eje de presentación de sus obras, que terminan siendo nuevos
productos contestatarios y rebeldes a cualquier tipo de encasillamientos. Enrique
Enríquez utiliza el ámbito de la comunicación para articular un discurso que, quizás
por su radicalidad y falta de concesiones con los parámetros oficialistas consagrados por
las vanguardias estandarizadas del mercado, ha sido poco difundido. Enríquez arremete contra los
estereotipos, los re/trabaja y, sin complejos, se sumerge en el costumbrismo para
romperlo, y así formular un nuevo e inédito recinto para la comunicación creativo,
ingenioso, con mucho humor. Con un proceso como el de www.Pepitona Caliente.com hace
ingresar en el cyberespacio una versión actualizada y repensada desde el fondo de los
tradicionales y vernáculos cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo. Pedro Morales es un pionero en la
incorporación de las nuevas tecnologías en los lenguajes artísticos. Su obra nos ha
permitido ir muy lejos en el establecimiento de vínculos entre el arte y la informática,
pero lo mas significativo en esta investigación, es el uso desprejuiciado de esos medios
y las posibilidades de devolver a la ciencia su papel en la búsqueda de lo bello.
Empleando la computadora como medio de enlace, reelabora y reconstruye los temas más
íntimamente vinculados a la existencia y a la memoria arquetipal. En el caso de Esso Alvarez, el trabajo con la imagen se
exhibe como una sólida reformulación de la historia, la memoria y las relaciones
políticas en nuestro entorno. El uso de la máquina soporta la creación de asociaciones
aparentemente insólitas que hacen redescubrir un espacio a medio camino entre los
procesos reales y los sueños del colectivo. Nela
Ochoa propone una búsqueda de las bases más íntimas del cuerpo y la identidad,
desvanecidos por entre los simulacros tecnológicos contemporáneos. Su trabajo apunta a
un encuentro de violencias y actos de amor, donde la gestografía se convierte en el
alfabeto esencial, lo cual constituye un aporte en el manejo de las tecnologías. Sin el
menor miedo
a los soportes o al empleo de cualquier género de material, entrelaza un discurso que
mezcla imágenes de exploración médica del cuerpo humano, con las cargas sociales que el
propio cuerpo ha llegado a sostener.
Lo más destacado de las propuestas que aquí se han seleccionado, es que no se trata de
lenguajes marcados por el regodeo narcisista con las máquinas y las pantallas. Más que
producir objetos de valor artístico, procuran formular modelos alternos de lenguaje. Más
que centrar una idea, proponen utilizar los mecanismos artísticos como detonantes de
conocimiento. El siglo recorrido se presta, a estas alturas, para tender una distancia
crítica entre la obra y el uso de la tecnología. Si algo caracteriza a los participantes
de la edición TecnoFia98, es su deliberada subversión de la tecnología, a modo de sacar
a la luz los mecanismos ideológicos que subyacen bajo el aparente despliegue de progreso,
y, lo hacen, empleando los medios como lo que son: medios de apoyo para un discurso que,
en este caso, se sostiene sobre profundas bases críticas.
María Luz Cárdenas

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