II Salón de Jóvenes con FIA: marcando nuevos territorios para la confrontación María Luz Cárdenas

 

 

 

 

 

Los Salones de Jóvenes son la vía más eficiente para dar a conocer y someter a confrontación la obra de los valores emergentes y las propuestas que abren caminos a la creación contemporánea. En Venezuela, contamos con una interesante tradición que comprende experiencias como el Salón Avellán en las décadas de los sesenta/setenta, el Premio Eugenio Mendoza, los tres Salones Nacionales de Jóvenes Artistas del CONAC, la Bienal Christian Dior y el Salón Pirelli del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber. Los Salones Nacionales mantienen asimismo áreas especialmente diseñadas para los artistas menores de 35 años ¾ lo cual permite, en el público, un ingreso permanente a las principales tendencias y las nuevas experiencias en el arte.

 

En este contexto, Jóvenes con FIA surge bajo el enfoque de apoyar la difusión del arte joven dentro del marco general de la Feria Iberoamericana de Arte. Se trata de un acontecimiento que, ya en su Segunda Edición, ocupa un puesto importante en las expectativas nacionales e internacionales y constituye una oportunidad inigualable para quienes allí participan. La idea es presentar campos de acción, abrir caminos a la reflexión y, sobre todo, brindar una lectura coherente y plural de las pistas y claves que asediarán el quehacer artístico. Por ello, la orientación que se tomó como línea principal de la curaduría, fue la de mostrar el rumbo general de la creación de los jóvenes: sus aciertos, sus dudas, sus respuestas.

 

La primera decisión que necesariamente vendría a consecuencia de este planteamiento, fue la de asumir el trabajo de curador como un oficiante mediador dentro del acontecer y propuestas de los creadores; sin imponer temáticas personales tendenciales. Obviamente no se trataba de la exposición un curador, sino de un grupo de representantes de la creación nacional, a través de una selección de veintiún artistas, más un invitado por Colombia. A partir de las mismas obras, se elaboró un guión de relaciones que garantiza un recorrido razonable en su lectura.

 

Por otra parte, tampoco se impuso una línea dirigida a privilegiar determinado tipo de técnicas o empleo de medios porque pudiesen estar más a la moda. La moda no es jamás un parámetro confiable, sobre todo, cuando se asumen las responsabilidades implícitas en un Salón; de manera que se planteó una convocatoria abierta a la pintura, la escultura, la fotografía, la gráfica, el dibujo, el cine y las instalaciones, con igual prioridad.

 

La selección final obedeció a los siguientes criterios:

 

® En primer lugar se asumió la calidad, solidez expresiva y coherencia discursiva de las obras participantes.

 

® En segundo lugar se tomó en cuenta a aquellos artistas que hubiesen demostrado continuidad y compromiso con su profesión, considerando que tuviesen, o bien exposiciones individuales recientes o una participación sobresaliente en los eventos de confrontación destinados a los jóvenes. Si bien a los jóvenes no es posible exigir amplias trayectorias, si se trató de establecer un patrón de responsabilidades, tanto con el medio como con su propio trabajo.

 

® En tercer lugar se amplió el espectro de participación a todo el país, para dar paso a aquellos creadores que hubiesen sido merecedores de reconocimiento o de una destacada participación en Salones de Confrontación como el Salón Aragua, el Salón Michelena, la Bienal FONDENE en Nueva Esparta, la Bienal de Guayana, la Bienal del Paisaje de Maracay o la Bienal del Táchira, brindando nuevos accesos de difusión a los artistas de las regiones del interior.

 

Se trata, pues, de un grupo que encarna a la creación joven, con criterios de diversidad de lenguajes y técnicas, bajo una óptica de integración: Juan Araujo, Emilia Azcárate, Adriana Barrios, Dario Basso, Bera Bauza, Antonio Briceño, María Cristina Carbonell, Julián Cháves, Juan Carlos Delgado, Enrique Enríquez, Beatriz Grau, José Antonio Fernández, Blanca Haddad, Luis Lovera, Sara Maneiro, Clemente Martínez, Carlos Julio Molina, Eduardo Molina, Mariana Monteagudo, Roberto Notarfrancesco, Gerardo Rosales y Ernesto Zalez.

 

Como guión aproximativo de lectura, establecimos un sistema de campos de relación entre las propuestas de estos artistas, a partir de cinco códigos de acceso: la religión, la naturaleza, la urbe, el espacio y los accesos al Yo.

 

La Religión es la presencia central en los trabajos de Bera Bauza, Adriana Barrios, Antonio Briceño y Mariana Monteagudo. Bera Bauza propone una aproximación diferente a las figuras constitutivas de nuestro imaginario religioso, con una fuerte carga en el manejo simbólico de los materiales que incorpora en el lienzo con absoluta libertad. Adriana Barrios incorpora una profunda reflexión acerca de la iconografía cotidiana y la manera como lo religioso se cuela en los ingresos de la existencia cotidiana. En este caso, hace alusión a los altares que se entremezclan en las vitrinas tiendas populares en la ciudad de Lima. Lo religioso y lo comercial ¾ cruce de mercancías y pactos con los dioses ¾ se integran en un propósito común que nos habla acerca de cómo la relación con la divinidad es vivida en el cotidiano latinoamericano contemporáneo. Antonio Briceño articula su propuesta a partir de una investigación acerca de la incidencia de la cultura en la configuración y la carga simbólica de las imágenes cotidianas. El manejo impecable del medio fotográfico lo ubica en un plano de una construcción poética y pictórica de elevados contenidos plásticos. Briceño estudia actualmente el problema de la devoción en diversos aspectos culturales unidos por el común acto de adoración a los dioses: credos y tendencias religiosas distintas (principalmente el Judaísmo, el Cristianismo, el Budismo, el Hinduismo y el Islamismo), la riqueza en los ritos, los altares como elementos que, en su opulencia cromática y su complejidad formal, concentran significativamente los rasgos que definen nuestra relación con la religión en el mundo contemporáneo. El recurso de la fotografía se convierte en un texto abierto que incita a una reflexión referida a la devoción y la fe. Mariana Monteagudo mezcla la figuración religiosa precolombina y las imágenes de dibujos animados y juguetes contemporáneos para crear nuevas tradiciones desde una visión ancestral, mágica, chamánica y a la vez actual. Sus expresiones irónicas, amenazantes y también tiernas pueden llegar a producir sonrisas o repudio. Es una obra muy original despunta con gran interés en tanto respuesta creativa de las jóvenes generaciones.

 

La Naturaleza expone textos inéditos y nuevas texturas conceptuales en las obras de Juan Araujo, Emilia Azcárate, Darío Basso, María Cristina Carbonell y Beatriz Grau. Juan Araujo fundamenta su trabajo en un análisis de las bases mismas de la tradición pictórica, a tal punto, que el centro de interés de su investigación se encuentra en la práctica de la pintura paisajística, la cual re/interpreta y convierte en un acto de revisión contemporánea de la mirada. Son obras realizadas en pequeño formato sobre tablas, cuyas excepcionales cualidades pictóricas invocan la delicadeza y el refinamiento de la pintura barroca flamenca y holandesa. Ellas nos conducen por un sendero diferente en nuestra relación con la representación. La pintura se convierte en un acontecimiento de interés, más para el cerebro que para la sola visión. Emilia Azcárate integra una infinita cadena de registros en la relación con los elementos propios del ritual pictórico, el trabajo con la materia y la comprensión de la naturaleza como huella en la piel de nuestro propio cuerpo. El empleo de materiales inusuales como la bosta de vaca, en este caso, desdibuja y reconstruye a la vez el tránsito por el acto de pintar desde una perspectiva conceptual. María Cristina Carbonell estructura su discurso plástico y poético con profundo lirismo, desde una comprometida comunión con la naturaleza, que activa infinitas asociaciones en el espectador. Es un trabajo delicado, muy sutil y, a la vez, con un denso vigor conceptual. Carbonell diseca la naturaleza, la re/clasifica y re/invierte el modo como convencionalmente hemos sido entrenados para percibirla. Nos dota, así, de una nueva manera de acercarnos al mundo que nos rodea. Bien sea con la escultura tallada en mármol, el video, la fotografía o el dibujo, Carbonell abre un camino inspirador en la reproducción de lo real. Beatriz Grau amplía las posibilidades de exploración visual en la fotografía venezolana. La obra se comporta como diario de viaje o bitácora de imágenes de los lugares por donde ha realizado sus peregrinaciones fotográficas: la India, Kenya, Escocia, Tíbet, Mombasa… A la copia fotográfica añade sus propias intervenciones: fuertes trazos de color que de alguna manera hacen presentir la presencia interior de la artista, sus experiencias individuales ante el territorio conocido. La experiencia de viaje rompe con la inmediatez de la anécdota y se universaliza como experiencia de participación del espectador que intenta reconstruir con la mirada el ritmo de las palmeras, desleído por el trazo del dibujo. La imagen "estéticamente perfecta" cede paso a un gesto de profunda convicción.

 

La apropiación de la ciudad, bien sea a partir de los esquemas de violencia urbana, bien sea concebida como ámbito de la imaginación o como articulación de sus costumbres, construye las bases de atención en Julián Cháves, Juan Carlos Delgado, Enrique Enríquez, José Antonio Fernández, Sara Maneiro, Carlos Julio Molina, Clemente Martínez, Roberto Notarfrancesco y Gerardo Rosales.

 

 

Julián Cháves maneja libremente los medios pictóricos y destraza la figura humana produciendo atmósferas sacadas del inconsciente. Imágenes feroces pueblan sus lienzos, contextualizados en un territorio simbólico, político y social situado fuera de los centros de poder. Juan Carlos Delgado presenta una realidad urbana fragmentada y reconstruida en la memoria sensible y la percepción. Retoma patrones de construcción de la ciudad, para aprehender su imagen desde lo visual. El proceso se caracteriza por un cruce interesante de técnicas gráficas e intervenciones pictóricas. Enrique Enríquez se mueve en el campo de la comunicación, y ello implica que la noción de arte pasa a ser un eje que se desliza entre programas de radio, producción de revistas, fotografías, artículos de prensa, textos creativos, nuevas fábulas o investigaciones sobre los productos culturales. En este sentido, el artista amplía en forma considerable las posibles influencias de la obra y participa de una crítica muy aguda y profunda a los estereotipos que estandarizan la noción de vanguardia. Cualquier recurso es válido para articular con inteligencia y humor sus modelos de comunicación. En esta ocasión participa con un cortometraje de dibujos animados que reseña una situación característica de las urbes contemporáneas. José Antonio Fernández es un constructor de mundos, ámbitos y ciudades imaginarias habitadas por seres mutantes que producen situaciones de asombro en el espectador. El pulcro manejo de técnicas escultóricas clásicas como el vaciado en bronce o la talla en madera, así como sus dones innatos en el dibujo, contribuyen a una nítida presentación de sus obras que se convierten en situaciones cambiantes para el espectador. Sara Maneiro construye un sólido y vehemente discurso que nos acerca al problema de la violencia en las sociedades contemporáneas a través de imágenes fotográficas provenientes de escenarios reales tales como cementerios y ámbitos carcelarios. Armas Caseras y Objetos de Escape es una serie de fotografías de armas de fuego realizadas artesanalmente y luego confiscadas por la policía. Este catálogo de imágenes busca mostrar la belleza del objeto fuera del contexto criminal. Las armas se descontextualizan para convertirse en un objeto de arte per se. Por otra parte, nos remite al origen de su creación, el asesinato, la destrucción. La obra de Carlos Julio Molina es una especie de detonante contra los patrones convencionalmente estandarizados en el arte conceptual. Su postura corrosivamente crítica y audaz frente a los acontecimientos sociales de la época, convierten su trabajo en una burla a los panfletos de protesta y, a la vez, en un trabajo profundamente contestatario. Molina toma elementos del imaginario popular latinoamericano: ídolos de masas, contenidos de telenovelas e historietas o fiestas y celebraciones enmarcados en una estética contrapuesta a las estéticas pretendidamente cultas. Con humor y penetración alude a una temática que bordea lo pintoresco y el exotismo de las estéticas marginales que surgen de manera espontánea y desordenada en nuestra sociedad, para acercarnos y pensarnos a nosotros mismos. Una especie de tensión y violencia domina en la pintura de Clemente Martínez, cuyas figuras planas y muy expresivas contrastan amenazantes desde fondos aparentemente bucólicos. Su discurso maneja con resolución los problemas sociales de la época. Roberto Notarfrancesco ha centrado el interés de su propuesta pictórica en el campo del dolor, la tortura y una enorme fuerza expresiva procedente de ámbitos personales y sociales. Sus cuadros combinan el uso iconografía religiosa y patrones oscuros y violentos de sexualidad, a medio camino entre la santidad y la maldad, demostrando en todo momento un sólido conocimiento del oficio de pintor. Gerardo Rosales traza las líneas de un discurso irruptivo acerca de las formas de violencia en el mundo contemporáneo: tanto social, como sexual o política. Su trabajo integra un interesante empleo de los materiales como elementos del lenguaje, con contenidos propios.

 

 

Luis Lovera integra al manejo del volumen una clara vocación por el espacio, y lo hace atendiendo a discursos enclavados en una coherente formulación de la escultura contemporánea. Deconstruye las estructuras, otorgando a lo formal una tensión vectorial que permite que sus obras fluyan y se desplacen libremente dentro de sus límites. Utiliza el material al desnudo, lo cual le permite ofrecer una mayor sobriedad conceptual, pero lo más significativo en este trabajo es la manera como disloca los elementos clásicos de la tradición del constructivismo. Llega, así, a una depuración formal, conjugada con la libertad lineal y el desafío a las leyes de la gravedad. La línea se desliza sobre sí misma los planos se deshacen y rehacen constantemente, salvando cualquier posible rigidez.

 

Blanca Haddad, Eduardo Molina y Ernesto Zalez abren un código de accesos al Yo. Haddad ha desarrollado, con respecto al autorretrato, una interesante proposición que conjuga la esfera de lo individual y la biografía de lo cotidiano, con la universalidad de la representación del rostro de sí mismo. Yo es un retrato, un otro a la vez. La evocación de lo irreal se desprende de su mundo y se convierte en un recurso expresivo y obsesivo. Es importante en esta artista, el libre juego de dislocación de las escalas, lo cual alcanza de una manera desprejuiciada, otorgando al lienzo la posibilidad de un juego infinito de lecturas, un camino abierto para recorrer la pintura. Otro elemento destacable en el trabajo de Haddad es su capacidad de traspasar el acto meramente anecdótico de lo que significa pintarse a sí mismo, convirtiéndolo en una decidida manifestación de la fragmentación del Yo contemporáneo. Manifiesta, así, los alcances conceptuales a los cuales puede llegar la pintura, sin desmedro de los logros expresivos. Su obra es fluida y compleja, inteligentemente disociada de los patrones convencionales de consumo artístico. Eduardo Molina es un comunicador nato, un artista que atrapa y envuelve al espectador en situaciones que promueven la participación colectiva y proyectan una voluntad de crear nuevos códigos de relación con el arte y la construcción de la noción del Yo. Maneja la línea y los elementos pictóricos con extraordinaria fluidez y ello le permite moverse libremente en cualquier formato para crear insólitas situaciones narrativas, como la que produce en esta ocasión, donde resemantiza el objeto/cama. Abandona los accidentes visuales para depurar el lenguaje y conferir al habla una mayor nitidez. Molina ha construido un mundo personal poblado por seres de naturaleza híbrida: imágenes cuya morfología pareciera remitir a la iconografía del Pop Art; iconos provenientes del mundo de los comics, figuras zoomorfas y antropomorfas originarias de su propia fantasía. Se trata de un imaginario muy amplio que el artista extiende sobre el plano como si ejerciera una suerte de voluntad expresiva automática. Ernesto Zalez recoge la más pura y notable tradición expresionista y hace de ella un nuevo ámbito de comunión con las zonas más profundas e inaccesibles del inconsciente colectivo. En los medios especializados de crítica de arte se ha ganado un buen reconocimiento como artista que supo restituir los valores orgánicos primigenios de la pintura en una propuesta feroz y trágica. Trabaja al máximo la intensidad expresiva y parece sacar sus figuras de zonas muy oscuras, desconocidas, a las cuales pocos artistas se han acercado anteriormente: las pesadillas, el horror. Involucra al espectador en una experiencia difícilmente transferible y primitiva, pero que invoca a un espacio constitutivo del ser humano, un espacio que sabemos que existe pero el cual no se desea mencionar, el espacio de nuestros propios monstruos, de los instintos, la muerte y el vacío.

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