Peppino Acquavella

 

El TRIBUTO INSOSLAYABLE

 

 

Para el numeroso público que domingo a domingo acude masivamente a las inauguraciones de las variadas muestras plásticas que abren sus puertas este día en la Caracas vertical, saturada de hormigón de nuestros días, resulta difícil imaginar la Caracas de finales de la década de los 30, boscosa y horizontal, en la que sólo no existían las galerías de arte, sino que apenas había un solo local donde exhibir dignamente pinturas y esculturas: el Museo de Bellas Artes.

Fue a esa Caracas de apenas ciento cuarenta mil habitantes, y escasamente urbanizada, a la que llegó en 1.939 Peppino Acquavella, para conocer el país y ver qué posibilidades tenía la galería Acquavella de Nueva York, regentada por su hermano Nicholas, de realizar aquí una o quizá varias exposiciones de arte. En la época abundaban las obras valiosas a buen precio debido al desmembramiento de muchas colecciones de arte como consecuencia de la gran guerra y la crisis económica imperante en todo el mundo. Con su dossier bajo el brazo, Acquavella demostró el stock de la galería neoyorkina al primer director del MBA, el pintor Carlos Otero, quien, impresionado, acordó presentar una primera muestra. Nunca imaginó Acquavella que aquel contacto sería el germen de su futuro arraigo en un país que hizo suyo plenamente veinte años después, en 1.959, cuando abrió las puertas de la galería Acquavella, pionera en nuestro país en el oficio de realizar una eficaz intermediación entre el artista y su público.

Valiosas colecciones, algunas públicas y muchas privadas, comenzaron con piezas de maestros antiguos y pintores impresionistas llegadas a Venezuela en las diferentes muestras que Acquavella trajo al país en sucesivos viajes. Y luego al avecindarse definitivamente en Venezuela, con su galería dio aliento y difusión a las obras de los más importantes paisajistas del arte nacional, como Manuel Cabré, Pedro Angel González, Tomás Golding y tambien figuras como Héctor Poleo, Armando Barrios, Cesar Rengifo, Pedro Centeno Vallenilla, entre muchos más.

El gran mérito de don Peppino es haber abierto la senda y persistir mientras el desarrollo del arte y de la cultura en el país, lento al principio por el escaso apoyo que recibía, se fue acelerando con el paso del tiempo, al surgir nuevas instituciones y al incrementarse el aporte del Estado y de los particulares. El siempre estuvo allí, con su galería, formando con sus exposiciones un público amante del arte, proporcionándole a los artistas una entrada económica segura y brindándole facilidades para la adquisición de obras a un público neófito en cuestiones artísticas, creando estímulos como el premio que con su nombre se concedió durante varios años en el Salón Oficial de Arte venezolano.

No fue pues extraño que cuando los organizadores de FIA le expusieron a don Peppino el proyecto de la Feria, encontraran en él palabras de aliento y el compromiso de que la galería, ya dirigida desde hace años por su hijo Nicolás, participaría en la Feria. Y así ha sido, año tras año, hasta el presente. Y es que en este joven de 94 años, con su grata conversación llena de anécdotas y personajes de sus más remotos recuerdos de aquella Caracas que se fue para siempre, se mantienen intactos el afán de avanzar con los cambios, y su deseo de acompañarnos en la aventura de soñar en una Venezuela en la que la cultura sea el pan que alimente el alma de los venezolanos todos los días. Por ello, por lo que ha sido y por lo que es, don Peppino merece plenamente el reconocimiento que hoy la Feria Iberoamericana de Arte se honra en hacerle.

 

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