EL NACIONAL - JUEVES 8 DE JULIO DE 1999

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CULTURA

FIA: LA GRAN GALERIA DE CARACAS

Hablan los honorables huéspedes

Los invitados internacionales de la Feria Iberoamericana de Arte, agradecidos del rol con el cual visitan la ciudad, dejan ver sus impresiones sobre el acontecimiento, que gana más color con sus personalidades y lenguajes artísticos manifiestos en sus obras

EDGAR ALFONZO-SIERRA

 

 

 

 

Antonio Seguí, tango de la ternura

Ya ha visitado Caracas en otras oportunidades. Es su primera vez en la FIA. "No me esperaba que estuviera abierto a países no únicamente latinoamericanos. Caracas es de las pocas ciudades de la región que tiene un mercado no sólo local. Esta realidad viene de los años 60 cuando en esta ciudad se empezaron a adquirir obras importantes".

Seguí es el más parco de los invitados internacionales. Nació en Córdoba, Argentina, en 1934. Se ha identificado en su obra un discurso sobre el hombre urbano, el ser social y la ciudad. El suyo es el trabajo de una figuración que ofrece en estos días respuestas a las necesidades, emociones e incertidumbres. Antonio Seguí reside en París desde 1963. Está presente en la FIA tanto con obras que datan de 15 años atrás, como con otras de 1993 y algunas más recientes.

De su obra ha dicho Edouard Glissant: "El arte de Antonio Seguí está emparentado con el de la prosa, de la cual tiene, cuando ésta encamina lo real y lo difiere a sus inicios brutos, la testarudez y la rugosidad... He aquí otro barroco que no se añade al ser, sino que lo reduce a máscaras y gesticulaciones. Se trata ahora de cernir todo hasta el fondo y de poner en escena el residuo, eso que allí toma color cuando uno se ha despojado de la vestimenta prestada".

Y añade: "Los cuadros de Seguí trazan así, en la comodidad que nace de nuestras certezas, una trans-amazónica. Pero ésta no es etnocida; por el contrario, lo que ella extermina es la proyección y la multiplicación al mismo tiempo de nuestros extravíos, de nuestro mimetismo. Lo inesperado en Seguí es que la testarudez y la rugosidad están llenas de un encanto inalterable. Esta prosa es prosodia que navega. Seguí pinta lo que nos persigue, lo que nos desnaturaliza, y todo aquello que nos remite, lánguidos y quemados por un sol interior, al tango de la ternura".

Manolo Valdés, como en casa

"Ninguna sorpresa. Mi presencia aquí en Caracas ya es cosa habitual. Estoy feliz de estar en la feria. De lo que veo en ella, me llama la atención la presencia de nombres de sitios del mundo bastante alejaos de aquí. Cuando los galeristas hacen estos esfuerzos por estar presentes es por algo. Eso me da la pista de que la feria tiene su importancia. Por otro lado, hay que admitir que los coleccionistas venezolanos son sumamente cosmopolitas. Siempre los pillas en todos los acontecimientos culturales del mundo. En realidad, la tradición coleccionista venezolana es antigua. Para muestra ahí tenéis los Calder y los Morandi que aquí hay. Te impresiona ver las cosas que los museos de este país contienen".

Con su buen sabor de español amante de la conversa, el artista Manolo Valdés, quien representa a España en la actual Bienal de Venecia, deja opiniones sobre la feria. La galería Freites, su representante en Venezuela, presentará pinturas y esculturas de este autor. Valdés confiesa que no conoce la selección realizada por el galerista. La única obra que estará presente y de la que está informado es una biblioteca de madera que mide cuatro metros de longitud. Lo demás estará integrado por obras recientes.

Valdés es un consumista cultural confeso. Se admite amante de la oferta de la megalópolis neoyorquina, urbe en cuyo cuerpo ha establecido residencia. Con la flexibilidad y la amplitud de quien ha encontrado en el arte un espacio de confort para sus dudas y certezas, Valdés encuentra afortunadas las ferias de arte porque admiten verdades múltiples en un contexto en el que cultura y comercio no están "aislaos". A través de la obra del recurrente temporadista de Caracas, que viene de experimentar hondas experiencias con el grupo artístico Equipo Crónica, junto con Joan Toledo y Rafael Solbes, se podría realizar una lectura contemporánea de la historia del arte occidental, así como de la importancia de la imagen para nuestro transitorio contexto finisecular.

Paloma Navares, bien recibida

También habla extrovertido y sabroso como buena española. Es su tercera vez en Caracas, donde ya mostró una individual en el Museo Alejandro Otero, así como algunas de sus obras en el Museo de Bellas Artes. "Aquí mi obra es bien recibida. Pasa con Venezuela algo muy atractivo, ya que mis propuestas no siempre cuajan en todo lugar. Quizá Caracas es más abierta a lo que hago que la misma España", indica la artista, quien añade que está en el país gracias a los coleccionistas de este territorio. "Es que siempre se los encuentra una en la Feria de Colonia y en otros eventos importantes".

Paloma Navares está presente en la gran exposición que es la FIA con instalaciones y escenografías que la galería alemana Adriana Schmidt puso en sus valijas. La obra de Navares continúa reflexionando principalmente acerca de los senderos del cuerpo femenino, a través del cual evidencia "el nuevo paradigma que acecha al individuo social a través de la manipulación biológica, la genética, la tecnología interventora del organismo humano". Asienta un toque clínico, médico, en un trabajo que lleva consistencia autobiográfica. Según los estudiosos, las obras de Navares transforman cualquier espacio en una especie de laboratorio de indudable aspecto mitad científico, mitad sanitario.

Las ferias son para esta artista plataformas de enorme difusión. "Allí se rompen los ghettos artísticos, los circuitos, las costumbres con las cuales se organiza el medio del arte". La carrera de la artista de 52 años y joven apariencia, nacida en Burgos y actualmente radicada en Madrid, parte de experiencias híbridas entre performance y escenografía, y de intervenciones arquitectónicas. Ha presentado sus trabajos en galerías y museos de Madrid, Barcelona, París y Colonia, y tiene en su currículum más de 50 exposiciones individuales.

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CULTURA

Peppino Acquavela: galerista como oficio de vida

Mara Comerlati

Desde Italia, llegó con una pasión: montar la primera galería de arte de Caracas

 

En su residencia de La Castellana, Peppino Acquavella pasa los días otoñales de sus 94 años y repasa las vivencias que con nitidez cinematográfica se proyectan en la pantalla de unos ojos que se niegan a recibir otras imágenes que las del recuerdo. Sus oídos, todavía más rebeldes que sus ojos al desgaste inevitable de los años, están siempre prestos a escuchar las noticias del día, las novedades de la cotidianidad laboral de la galería que lleva su apellido, el libro que le leen en voz alta, la música que acompaña el ritmo aún fuerte de su corazón.

Peppino Acquavella recuerda su lejana infancia en la provincia de Salerno, Italia, donde nació un 9 de septiembre, en el seno de una familia de cuatro hermanos. El viaje a Nueva York, Estados Unidos, fue requerido por su hermano Nicolás, para trabajar en su negocio, la galería de arte Acquavella. Llegó en 1937, 8 años después del crack financiero y en plena depresión.

Cuenta Acquavella que el stock de la galería estaba bien surtido, sobre todo, con obras de maestros antiguos y artistas del impresionismo. La primera guerra mundial había obligado a muchos a deshacerse de sus colecciones de arte para poder subsistir, lo cual puso en circulación piezas estupendas a precios hoy irrisorios.

El emigrante era todo oídos a cualquier noticia sobre la "tierra prometida", la que le va a proporcionar independencia, bienestar y prosperidad. Venezuela empezaba a sonar como tierra de oportunidades en la transición histórica que se presentaba con la muerte de Juan Vicente Gómez. Y Acquavella, treintañero y soltero, oye hablar de nuestro país, del terreno prácticamente virgen que es para el negocio del arte, y decide venir a echar un vistazo. Viaja en plan turístico, pero fiel a su instinto de negociante, dentro de la maleta incluye un dossier con fotos de los cuadros en existencia en la galería de su hermano.

Acquavella rememora su descenso, con 33 años, del barco que lo trajo en 1938. "Desde la primera vez me enamoré del país, era otro paisaje, otra gente, tan cordial", dice. Al recordar se le renueva en el rostro el encanto que le produjo aquella Caracas reducida, escasamente edificada, con muy pocos automóviles. Con su escasísimo español, pero apoyado por su valioso dossier, logró conversar con el director del Museo de Bellas Artes, el pintor Carlos Otero, y acordaron el acuerdo para exponer 30 cuadros de antiguos maestros.

Esta exposición, en 1938, fue la primera de una serie sobre maestros antiguos e impresionistas que realizó el MBA.

Acquavella va y viene entre Estados Unidos, Italia y Venezuela. En uno de esos viajes se casa con una hermosa joven italiana, Margarita Di Bianco, la madre de Nicolás y de Laura, quien ha estado a su lado hasta hoy. A lo largo de todos estos años, Peppino Acquavella se va relacionando no sólo con la sociedad capitalina, en la que se encontraban los amantes del arte y las personas con posibilidad de adquirir obras, sino también con los pintores de la época, los maestros de la Escuela de Caracas y los jóvenes de entonces. Finalmente decide establecerse con un espacio propio, la galería Acquavella, en 1959. Compra un lugar en un edificio en construcción en la urbanización El Bosque y modifica lo necesario para adecuarlo a las necesidades de una galería de arte. Desde entonces, es el único local que ha tenido la galería.

Inmigrante precursorAcquavella se convirtió así en el primer galerista de Caracas. Era amigo personal y además admirador de la obra de Manuel Cabré, Pedro Angel González -su única individual en vida, la hizo en Acquavella-, Héctor Poleo ("un que llenaba la galería de público").

También estuvo cerca de Tomás Golding, Marcos Castillo, Rafael Monasterios, Luis Alfredo López Méndez y Pedro Centeno Vallenilla. La Acquavella desde sus inicios alternó exhibiciones de maestros como Renoir, Pisarro, Bonnard, Vuillard, Fantin-Latour, Dufy, Vlaminck, Kandisnky, Chagall, Dalí, Miró, con las de artistas venezolanos como Reverón, Narváez, Rengifo, Fabbiani, Barrios, y Quintana Castillo, entre otros.

La manera en la que asumió su labor de galerista significó para los artistas, permanetemente apremiados por necesidades económicas, la venta metódica de sus obras, y por ende, un ingreso seguro. Mientras que para el público, la venta a plazos fue la posibilidad de adquirir obras, de otra manera, inaccesibles. "Los artistas querían su dinero en mano. Me traían, por ejemplo, un cuadro por 3 mil bolívares. Se los pagaba y lo vendía en 3.500 bolívares, pero fraccionados en giros de 500 bolívares. Al darle al cliente esa facilidad vendía mucho. Y por eso es que la galería pronto recuperó la inversión y a los dos años empezó a dar ganancias", explicó.

Luego de largos años de trabajo, la FIA, en su octava edición, reconoce la labor de este precursor. Cuando los organizadores quisieron conocer su opinión acerca de realizar una feria de arte tal como la que se proponían hacer, él los alentó y les dijo que si la llevaban a cabo, participaría con su galería. Y así ha sido a lo largo de estos ocho años.

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