| EL NACIONAL - JUEVES 8 DE JULIO DE 1999 |
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| EL NACIONAL - JUEVES 8 DE JULIO DE 1999 |
CULTURAPeppino Acquavela: galerista como oficio de vidaMara Comerlati
En su residencia de La Castellana, Peppino Acquavella pasa los días otoñales de sus 94 años y repasa las vivencias que con nitidez cinematográfica se proyectan en la pantalla de unos ojos que se niegan a recibir otras imágenes que las del recuerdo. Sus oídos, todavía más rebeldes que sus ojos al desgaste inevitable de los años, están siempre prestos a escuchar las noticias del día, las novedades de la cotidianidad laboral de la galería que lleva su apellido, el libro que le leen en voz alta, la música que acompaña el ritmo aún fuerte de su corazón. Peppino Acquavella recuerda su lejana infancia en la provincia de Salerno, Italia, donde nació un 9 de septiembre, en el seno de una familia de cuatro hermanos. El viaje a Nueva York, Estados Unidos, fue requerido por su hermano Nicolás, para trabajar en su negocio, la galería de arte Acquavella. Llegó en 1937, 8 años después del crack financiero y en plena depresión. Cuenta Acquavella que el stock de la galería estaba bien surtido, sobre todo, con obras de maestros antiguos y artistas del impresionismo. La primera guerra mundial había obligado a muchos a deshacerse de sus colecciones de arte para poder subsistir, lo cual puso en circulación piezas estupendas a precios hoy irrisorios. El emigrante era todo oídos a cualquier noticia sobre la "tierra prometida", la que le va a proporcionar independencia, bienestar y prosperidad. Venezuela empezaba a sonar como tierra de oportunidades en la transición histórica que se presentaba con la muerte de Juan Vicente Gómez. Y Acquavella, treintañero y soltero, oye hablar de nuestro país, del terreno prácticamente virgen que es para el negocio del arte, y decide venir a echar un vistazo. Viaja en plan turístico, pero fiel a su instinto de negociante, dentro de la maleta incluye un dossier con fotos de los cuadros en existencia en la galería de su hermano. Acquavella rememora su descenso, con 33 años, del barco que lo trajo en 1938. "Desde la primera vez me enamoré del país, era otro paisaje, otra gente, tan cordial", dice. Al recordar se le renueva en el rostro el encanto que le produjo aquella Caracas reducida, escasamente edificada, con muy pocos automóviles. Con su escasísimo español, pero apoyado por su valioso dossier, logró conversar con el director del Museo de Bellas Artes, el pintor Carlos Otero, y acordaron el acuerdo para exponer 30 cuadros de antiguos maestros. Esta exposición, en 1938, fue la primera de una serie sobre maestros antiguos e impresionistas que realizó el MBA. Acquavella va y viene entre Estados Unidos, Italia y Venezuela. En uno de esos viajes se casa con una hermosa joven italiana, Margarita Di Bianco, la madre de Nicolás y de Laura, quien ha estado a su lado hasta hoy. A lo largo de todos estos años, Peppino Acquavella se va relacionando no sólo con la sociedad capitalina, en la que se encontraban los amantes del arte y las personas con posibilidad de adquirir obras, sino también con los pintores de la época, los maestros de la Escuela de Caracas y los jóvenes de entonces. Finalmente decide establecerse con un espacio propio, la galería Acquavella, en 1959. Compra un lugar en un edificio en construcción en la urbanización El Bosque y modifica lo necesario para adecuarlo a las necesidades de una galería de arte. Desde entonces, es el único local que ha tenido la galería. Inmigrante precursorAcquavella se convirtió así en el primer galerista de Caracas. Era amigo personal y además admirador de la obra de Manuel Cabré, Pedro Angel González -su única individual en vida, la hizo en Acquavella-, Héctor Poleo ("un que llenaba la galería de público"). También estuvo cerca de Tomás Golding, Marcos Castillo, Rafael Monasterios, Luis Alfredo López Méndez y Pedro Centeno Vallenilla. La Acquavella desde sus inicios alternó exhibiciones de maestros como Renoir, Pisarro, Bonnard, Vuillard, Fantin-Latour, Dufy, Vlaminck, Kandisnky, Chagall, Dalí, Miró, con las de artistas venezolanos como Reverón, Narváez, Rengifo, Fabbiani, Barrios, y Quintana Castillo, entre otros. La manera en la que asumió su labor de galerista significó para los artistas, permanetemente apremiados por necesidades económicas, la venta metódica de sus obras, y por ende, un ingreso seguro. Mientras que para el público, la venta a plazos fue la posibilidad de adquirir obras, de otra manera, inaccesibles. "Los artistas querían su dinero en mano. Me traían, por ejemplo, un cuadro por 3 mil bolívares. Se los pagaba y lo vendía en 3.500 bolívares, pero fraccionados en giros de 500 bolívares. Al darle al cliente esa facilidad vendía mucho. Y por eso es que la galería pronto recuperó la inversión y a los dos años empezó a dar ganancias", explicó. Luego de largos años de trabajo, la FIA, en su octava edición, reconoce la labor de este precursor. Cuando los organizadores quisieron conocer su opinión acerca de realizar una feria de arte tal como la que se proponían hacer, él los alentó y les dijo que si la llevaban a cabo, participaría con su galería. Y así ha sido a lo largo de estos ocho años. |
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