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EL NACIONAL - DOMINGO 6 DE JUNIO DE 1999

 

CULTURA

CRITICA DE PLASTICA

La Bienal de Caracas

AXEL STEIN

Venezuela vive tiempos de cambio. Sin embargo, en cuanto a las artes plásticas, la producción está estancada y la promoción inexistente. Nuestro país, que se ha caracterizado en las últimas décadas por ser un ejemplo a seguir en América Latina gracias a las instituciones museísticas que se han creado, por la calidad que exhiben algunas colecciones de arte y el entusiasmo de un notable grupo de mecenas y amantes del arte, carece hoy de un incentivo para seguir adelante. La depresión que embarga al país se hace patente en la falta de propuestas que enciendan al público y animen la discusión.

Venezuela está aislada. Las exposiciones itinerantes han desviado su curso a latitudes más seguras. Aquellas que ofrecen un producto de alta calidad nunca entrarán al país mientras no surja una institución o un ente privado que se proponga traerlas. La calidad cuesta y quizá lo que más cueste es ofrecer seguridad a los prestatarios. Los curadores, coleccionistas, museos y galerías foráneas tienen fobia hacia la inseguridad política y las crisis económicas crónicas.

La verdad es que los venezolanos, acostumbrados a las crisis de toda índole, no emprendemos acciones que busquen mejorar la imagen de las artes plásticas a nivel del público nacional, y menos de la comunidad internacional. Sin entrar en los detalles que han decretado la muerte de los salones, la Feria de Arte de Caracas (FIA) ha sido la única alternativa para confrontar lo nuestro con lo "otro", así ese otro sea en cada edición una caja de sorpresas.

Muchos países que no pertenecen a los ejes principales por los cuales circula el dinero y reina la seguridad, hacen esfuerzos para proponer alternativas que ubiquen a sus instituciones, sus colecciones y su público en contextos alternativos que fomenten el disfrute del arte y desencadenen la discusión y la polémica. Muy cerca de nosotros se encuentran la Bienal de Sao Paulo, máxima fiesta del arte en nuestro continente, y la Bienal de La Habana, que se da el lujo ideológico de querer representar el arte de las tres cuartas partes de la humanidad (arte de Asia, Africa y América Latina), en un ambiente de libertad y contemporaneidad abierta a los cuatro vientos que contrasta fuertemente con los manteles de polvo que ofrece su cotidianidad nacional. En esos eventos nuestros artistas se han dado a conocer, como sucedió en 1998 con Armando Reverón, Mario Abreu y Meyer Vaisman en la Bienal de Sao Paulo; Roberto Obregón en la Bienal de Istambul, y Sydia Reyes, premiada en la Bienal del Cairo.

Caracas bien se merece un evento de convocatoria periódica que nos permita compartir de una manera amplia e inteligente con los artistas que necesitamos ver. Aún recuerdo cómo Medellín se ufanaba de su célebre y exitosa Bienal, nacida por el empeño de un grupo de empresarios de Antioquía y muerta con los primeros balazos del Cartel.

La Bienal de Caracas, o como se quiera llamar al evento, debería ser promovida por los mecenas privados y debería contar con el apoyo irrestricto de las autoridades culturales de turno. Lo ideal sería que la organización fuese no gubernamental, y la curaduría entregada en cada edición a un crítico, un filósofo o un historiador de arte nacional o extranjero que trabajaría con un equipo local procedente de las múltiples instituciones públicas y privadas para lograr un evento que tome a la ciudad por asalto y proponga un recorrido visual, un máximo impacto y una mejor difusión del hecho artístico. Sería esa la ocasión para que nos visiten los profesionales del arte, para que figuremos en el mapa global de la actividad artística, para que nuestros artistas confronten sus aciertos (y sus réplicas) ante un mayor público, que se verá beneficiado y enriquecido por las corrientes de ideas que caracterizan a estos eventos cuando logran sus propósitos.

Decía Max Bill en su última visita a Caracas que el arte es el alimento del espíritu. En un país hambriento de espíritu, con baja autoestima y con severas dudas sobre su porvenir, un evento similar sería deseable en el corto plazo.

 

EL NACIONAL - DOMINGO 6 DE JUNIO DE 1999

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