En el ánimo de memoria y cuenta que baña la antesala de la fia -en su quincuagésimo año de presencia ininterrumpida en el panorama expositivo de las artes nacionales-, el IX Salón CANTV Jóvenes con fia se ha construido en dos secciones. Un breve Balance celebra la experiencia de este programa vital de la Feria y propone una sintética revisión de la obra reciente de los artistas ganadores de sus ocho ediciones anteriores. Otra amplia y tendida, la confrontación propiamente dicha, se orienta a explorar el arte en plena emergencia, un arte en construcción, volátil y no ali-neado: Fuera de balance, por naturaleza. BALANCE La mirada retrospectiva sobre un joven pasado resulta tan reveladora como gratificante. Los artistas que han sido galardonados en estos encuentros forman parte activa de una contemporaneidad en pleno curso y desarrollan hoy una actividad creativa incesante, en campos alternativos o plenamente engastada en las corrientes más actualizadas del quehacer artístico. Alfredo Sosa (ganador del I Salón, 1998) ha derivado fluidamente desde sus planteamientos artísticos hacia el reporte documental y trabaja como director de Fotografía de un importante diario norteamericano. Eduardo Molina (1999) lleva a cabo un programa expresivo que, mediante el uso libérrimo de materiales industriales en la confección de la obra, ensaya una inserción sin cortapisas del arte en inesperados ámbitos de interacción social y la subversión de las fronteras instaladas entre el arte y otras expresiones convenidas como “menores”, decorativas o comerciales. Alexander Apóstol (galardonado en las ediciones de 2000 y 2003), a partir de un ejercicio muy personal de la fotografía, ha venido incorporando el video a sus reportes de mundo. Un segmento de su obra reciente, expuesta urbi et orbi, constituye hoy ineludible relato sobre la escenificación extra e intramuros del complejísimo proyecto de modernidad de Caracas. La obra pictórica de Juan Araujo (2001), se afianza igualmente en un circuito internacional mediante su auscultación de registros de la tradición artística y la búsqueda de una cada vez mayor amplitud de espectro, desde la iconografía secular del paisaje y otras representaciones eruditas, hasta las trazas cimeras de una cultura popular. Gustavo Artigas (2002), figura de las emergentes generaciones de artistas mexicanos, ha proseguido una carrera vertiginosa en cuyo seno la fotografía se hace soporte de metafóricas composiciones, en las cuales las tensiones sociales se revelan por entre la fina brecha que separa la realidad y el simulacro. Ángel Marcano (2004), con sus dibujos extrovertidos del plano, se arti-cula tanto a una tradición compositiva claramente instalada en el moderno venezolano, como a tendencias en pleno posicionamiento por parte de toda una pléyade local de nóveles creadores que procura libres formalizaciones bajo el espíritu de este ideario vibrante. El trabajo en pleno curso de Nayarí Castillo (2005) explora el campo de imprevisto encuentro entre la pintura-pintura y el video. En sus “cuadros” ambos declinan atavismos definitorios para ganar nuevas significaciones: la pintura abandona el lienzo y el video abandona el movimiento y ambos se hacen uno, a favor de las intenciones expresivas de la artista. La reunión de la obra de todos estos creadores aquí, como antecámara de honor al IX Salón, más allá de un homenaje a todo el universo de jóvenes artistas que han participado, motiva la valoración de una impronta que aun cuando todavía fresca, arroja ya señales particulares para el reconoci-miento de los caminos planteados en el espacio de la creación artística en Venezuela. FUERA DE BALANCE El reto a las convencionales estrategias de formalización de la obra, con una tendencia a los medios alternativos, y las pulsiones extrovertidas desde los ámbitos locales hacia escenas más glo-bales, ya plenamente notable en los artistas prenombrados, constituyen rasgos vivos de un segmento de artistas que emergen en la escena del arte venezolano. Y estas señas se tratan de hacer plenamente visibles en la confrontación que proponemos para este año. Esquivando el compromiso de asumirse como termómetro de una actualidad creativa, o como medida para proyectar corolarios o ponderaciones conclusivas, el Salón ofrece la oportunidad de echar una mirada libre al joven arte venezolano, sin intenciones periscópicas. El conjunto de artistas que lo representa aquí, convocado bajo el enunciado “Fuera de balance, exploraciones en terrenos inestables del arte”, se agita en torno al reto particular de desestabilizar concepciones instaladas acerca del objeto del arte y, en su mayoría, incorpora plataformas tecnológicas de diferente tipo a sus programas en desarrollo. Video y videoarte, fotografía y fotografía digital, luz y sonido, robótica y láser, constituyen sustrato sobre el cual crecen personalísimas visiones del mundo. Treinta artistas venezolanos, con programas de trabajo activados dentro y fuera de nuestras fronteras, acuden con veintinueve propuestas que tienden entre si súbitos lazos de convergencia temática. Sus propuestas se elevan en torno a, por lo menos, tres sistemas de relaciones, de escalas y perspectivas diferenciales de conciencia del entorno: una conciencia del cuerpo, una conciencia espacio-tiempo y una conciencia crítica de la realidad. Tal es como ha sido posible establecer una mediación con estos programas abiertos, cuyas expresiones hay que dejarlas, ahora, hablar por sí solas. Retrato/autorretrato En su transformación de sujeto en objeto, Sandro Pequeno no intenta poner al mundo entre paréntesis, sino que lo absorbe, lo hace íncubo, y fija insistentemente, sobre un rostro totalmente despojado de gestos, un autorretrato (¿una autobiografía?) en movimiento que se construye de imágenes de sí y de su trabajo, bajo la atmósfera de un tremor inextricable de ciudad. El torso de Suwon Lee llora sin ojos mediante, o simplemente se desrealiza como imagen, deviene espectro que interroga y se planta frente a nosotros, a su vez, para ser interpelado. El gran ojo que Astolfo Funes ha desgarrado del contexto vital en el cuerpo de su obra pictórica para hacerlo bits y transferirlo a nuevos soportes, nos hace imprevistos invitados/partícipes de este juego de presencias que se instala, avasallante, en la sala de exposiciones. Como parte de él, Lucía Pizzani se promete desde el espejo empañado y trata de liberar, por entre los trazos que impone a la fina capa de vapor que lo cubre, ambiguos sentimientos de fortaleza y debilidad, líneas de fuerza en cuya relación aflora una noción posible de lo “femenino”. Mediante la metáfora del espejo como mediación y a cuerpo entero, Bela Rosemberg propone un encuentro “tenso y perturbador”, íntimo y furtivo, con el espectador, a quien hace “verse" en su propia soledad, en su desesperanza. Sobre estos senti-mientos irresolutos, Carolina Siefken apela a una reserva cinematográfica de nuestra conciencia de la realidad y, reducida en sus rasgos por efectos de solarización y alto contraste, se pone al centro de un episodio de libre acople a múltiples e ignotas historias posibles. Penélope Collins indaga sobre la relación corpus-psiquis y juega con el video para imponer una experiencia sensorial y emotiva, íntima, sobre la masa inerte, frágil, de su propio cuerpo. Desplazando (o literalmente diluyendo) el cuerpo como epicentro, Stalyna Svieykowsky se desdobla en una fantasiosa pieza de vestuario que alcanza dimensiones colosales para ver el mundo en contrapicada, como un pano-rama abierto y alcanzable. Los retratos del cotidiano en común de María Antonia Rodríguez y Martín Castillo, vistas de la intimidad y el tiempo laxo, en fuego cruzado entre la pauta y el imprevisto, constituyen facsímil asincrónico (en fotografía analógica) de una cultura actuante e invasiva del reality show televisivo. Conexiones/desplazamientos La obra de Carlos Javier Gómez de Llarena se inscribe en esta aspiración de hacer públicas sus huellas: pero éstas no pretenden revelar una presencia (muchas veces identificada con lo corpóreo) sino que devienen reporte telemático de una ausencia. La ausencia, en su naturaleza etérea, más pertinente para expresarse en el medio desgonzado de la web. Julio Palacio busca tender puentes entre locaciones remotas mediante acciones que presuponen un consenso universal en cuanto a las nociones de “calidad de la vida” y “participación comunitaria” y, a partir de allí, plantea las nuevas tecnologías de información y comunicación como recurso para instalar una hipótesis del artista como mediador. Las minutas de viaje de Marco Montiel-Soto insisten en la incorporación de la experiencia vivida al acto de producción artística, con la visión del artista en pleno eje. Sus reflexiones sobre el cruce de imaginarios producen un metarrelato de los lugares que incorpora a su itinerario de trashumante. En tono de “cámara subjetiva”, Marcelo Ertoteguy se sitúa al comando de un pírrico arsenal de controles, y a toda velocidad se desplaza por un enigmático campo minado de efectos, un viaje de la virtualidad suprema que, insospechadamente, retrotae el mito ancestral mito de Manoa “Sales en busca de un destino ideal... que a final de cuentas es el mismo lugar de donde has partido...”. Eduardo Gil, a su paso por el mundo, colecta sistemáticamente viñetas y provee un ejercicio de taxonomía para sus rescates. Sus series se conforman no sólo de iconografías capturadas mediante la cámara, sino mediante la apropiación de las formas objetivas de los universos de significación/representación en el foco de su mirada. La obra de Marcos Mujica también transcurre como recorrido, a partir del cual, y desde su propia imposibilidad de ver, cons-truye una reflexión crítica no sólo de la sociedad o la ciudad, sino del papel del artista como “veedor” ante los acontecimientos que allí tienen efecto. Federico Ovalles Ar asiste a la ciudad como paisaje de acumulaciones simbólicas y materiales. Su programa de trabajo procura “poner en visibilidad” las inscripciones de una contracultura en continuo movimiento que se expresa en los muros, en el mobiliario colectivo o en los gestos del abandono, a los cuales invade con sus propias señas. Con una operación similar, Pilita García Esquivel ataca la escena del video para hacerla parte de sus observaciones acerca de la agresiva yuxtaposición de marcas disímiles que, como veladuras de un cuadro, se imponen secuencialmente sobre la piel de la vida en curso y le aportan profundidad. Desde una perspectiva omnisciente, Claudia Bueno recupera un sentido de teatralidad de la vida urbana. Su recreación de siluetas, evocativa de las clásicas ilustraciones de libros infantiles y a la manera de las sinfonías cinematográficas de otrora, celebra con luces y sombras pronunciadas, la dinámica en planos sucesivos de las jornadas citadinas. Distanciamientos/apropiaciones Sin pretender sentar fronteras precisas en un territorio por definición impreciso, la mirada crítica a los protocolos contemporáneos nutre una buena parte de los jóvenes programas de creación convocados. En el caso de Porno Collins, insistiendo en su documentación de un volcamiento na-cional al tema de la belleza femenina, el manifiesto es literal: el rostro virginal se va descompo- niendo frente a nosotros, infligido de la agresión de la banalidad. Efraín Ugueto disloca una simbología instalada en el mundo del consumo masivo y global, en este caso las expresiones publicitarias de las grandes cadenas de comida rápida, hacia parcelas “impolutas” del pensamiento, como el imaginario religioso. Manuel Hernández invita a la interacción obra-público para reconstituir la imagen de un ícono político con los fragmentos holográficos que, uno a uno y en conjunto, revelan toda una historia documental y paradójica del actual estado del mundo. Eduardo Kairuz trabaja con ironía el ambiente sobretecnológico que determina a la sociedad contemporánea como razón de existencia y, con un ánimo casi arqueológico, recrea escenas, tan prístinas como profundamente irracionales, con adminículos de un parque vertiginoso de restos contemporáneos. Dulena Pulgar fabrica una imposible composición sonora con restos de cintas magnetofónicas impuestas sobre un plano que, a la manera de una gran partitura, permite “oír” en clave de murmullo un comentario sobre el estado de las cosas. Emile Genoud, desde su programa creativo de intervención de espacios públicos y plantas industriales en diversas ciudades europeas, retoma una posición crítica, quizás dormida hacia nuestros días, sobre la “sociedad de consumo” y el rol incitador y cómplice de los mass media. Esperanza Mayobre se interesa por la relación arte-tecno-logía en el cuerpo de su obra y ensaya, en el caso de esta entrega, la dislocación del sentido de racionalidad de una máquina industrial, la cual se rinde imprevistamente al sutil trazado de un dibujo sobre papel. En el caso de Elías Crespín, en cambio, el posicionamiento de su propuesta departe de la posibilidad de una articulación orgánica de las lógicas de uno y otro universo. Sus formas geométricas habitan el espacio y se realizan plenamente mediante el movimiento que le imprime un refinado sistema de recursos tecnológicos. Las vistas de Mayriseth Vargas, aun cuando interpretaciones líricas de entreverados vegetales, nacen de operaciones de reducción del dibujo y otros medios seculares de expresión, a modos de producción y reproducción digital. Yoshi reta la precisión maquinal y, a través de un virtuoso trabajo de plegado, imprime al papel un rol protagónico como materia -no como soporte- del arte. La piel de los “seres” de Ciro Suzzarini, grandes piezas estructuradas a escala humana, también acude al papel (y al sonido como expe-riencia unipersonal) para desentrañarse como luminosidad y ganar de su etérea contextura una legendaria aspiración humana de levedad. Desde sus plurales perspectivas, los trabajos de esta muestra informan acerca de un territorio extrovertido e inestable. Imprevistamente devienen “boyas” o “señas” dispuestas azarosamente sobre él y lo convierten en un espacio (excitado, infirme) con opciones diversas de escrutinio. Guillermo Barrios