José Antonio Dávila

La ventana de su mundo

El hombre y su rol dentro de la sociedad ha sido durante toda su trayectoria plástica el eje central de su obra. José Antonio Dávila dibuja, pinta y representa con variadas texturas, colores y matices, las penurias, las inquietudes, las alegrías del venezolano. Los creyones y pinceles fueron desde siempre sus mejores amigos, con los que juega y se abstrae del mundanal ruido, muy claro de una misión muy particular y a la que ha dedicado su vida: a pintar. Le obsesiona representar las vivencias del ser humano, sus emociones, sus realidades, lo cotidiano, lo social. Relata todo lo que escucha, observa y lee. Se conecta con sus emociones, con las cuales representa en el papel o en el lienzo, las guerras de las que frecuentemente, escucha a sus padres hablar; y se dedica a reproducir aquellos objetos que observa a través de la ventana del apartamento de su Nueva York natal. Después, también reproduce las cosas que lo rodean al cambiar su realidad, al llegar a Venezuela, su tierra materna. Es aquí donde desarrolla todo su potencial creativo preparándose, estudiando y frecuentando círculos intelectuales que pronto reconocen su talento nato. La injusticia, los abusos de poder lo mueven a desarrollar una obra que se rebela ante el sufrimiento de los que no poseen el derecho a expresar libremente sus ideas, a transitar por las calles, a trabajar y vivir en paz.

En la escuela cuenta con grandes maestros de la pintura nacional y se relaciona con jóvenes talentos, que junto con él, resultan una suerte de “generación de relevo” de aquellos que marcaron la pauta en los albores de las Bellas Artes de nuestro país. La situación política y el consecuente movimiento estudiantil, lo obligan a alejarse de la rigurosidad académica para seguir su vocación de manera autodidacta. Es el momento de abordar el paisaje, la naturaleza. Sin embargo, no desiste de su idea de utilizar su arte como “arma para denunciar y combatir a favor de los oprimidos y en contra de la represión y la explotación del pueblo.” Su fructífera producción le permite presentar su primera muestra individual que causa impacto entre la intelectualidad del momento. Doce cuadros sobre la vida de los barrios, fue motivo para que, Mario Briceño Iragorry, escribiera en su famosa columna del diario El Nacional, la reseña de la exposición con el título de Pintura triste, y es a partir de allí cuando José Antonio Dávila empieza a resonar, a destacarse, a participar activamente en los salones oficiales de arte venezolano, y posteriormente, a recibir los más prestigiosos galardones de la época.

Representa en sus cuadros a las masas populares, la violencia, el dolor de las cárceles y la lucha social. Pronto, Dávila, se hace acreedor de la mención honorífica del premio Henrique Otero Viscarrondo, como aliciente por parte de la crítica especializada a esa valentía que lo distinguía como joven artista.

La geografía venezolana ha sido testigo de la larga y fructífera trayectoria del maestro Dávila. Ahora se traslada de la capital a Barquisimeto donde se dedica a retomar la escuela, a dominar nuevas técnicas y a emplearlas en nuevas propuestas. Después de la dictadura, a mediados de los años cincuenta, viaja a otras regiones del país y comienza un nuevo periodo dentro de su pintura, la que se dedica a las fiestas populares, donde el colorido y las multitudes protagonizan la escena. Con estas representaciones estéticas, el artista persigue rescatar los valores del pueblo ante el naciente proceso de transculturización que empieza a afectar a la Venezuela de ese momento, y gana nuevos galardones.

Al enterarse del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes por la Paz y la Amistad de los Pueblos, Dávila, se traslada a Varsovia, donde se reencuentra con sus compañeros de escuela y conoce a renombrados artistas compatriotas en la disidencia. Viaja por varios países de Europa, donde trabaja y estudia.

Con la obra, Tarde de toros en Sanare, gana el premio Roma, y prosigue una etapa de intensa formación intelectual y artística. Conoce los grandes museos del viejo continente, participa en todo tipo de actividades artísticas y comparte con grupos de venezolanos adversos a la dictadura.

Regresa a Venezuela, pero esta vez, a la isla de Margarita, donde desarrolla un nuevo trabajo desde el punto de vista temático y estético. En sus óleos predomina la gama de los blancos, la pastosidad, y la actividad laboral es su “leitmotiv”.


 
 
     
       
     
 
       


   
 
 

 

La obra titulada, La Calera, es con la cual, Dávila, obtiene una Mención al Premio Nacional de Pintura y obtiene el Premio Federico Brandt. Esta obra, estará presente en los salones de la decimoséptima edición de la Feria Iberoamericana de Arte, en Caracas, evento que le rinde homenaje a su autor.

El acrílico y los oleos son manejados con destreza en estos nuevos cuadros, donde las salinas enmarcan escenas de trabajo al aire libre. Por los años sesenta, en su granja de Caucagua, es donde continúa la temática de los trabajadores, pero ahora los de la construcción. Es el momento en que incorpora a sus pinturas nuevas texturas por medio de la utilización de telas, metales, mayas, arena, piedras, incursionando en el campo del ensamblaje o collage, en este momento, la técnica predomina frente al tema, y llega hasta la abstracción.

Se incorpora al Círculo El Pez Dorado, frecuenta el Techo de la Ballena, frecuenta el Ateneo de Caracas, donde hace amistad con jóvenes pintores y participa en colectivas importantes como el Salón Arturo Michelena y el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano y la Sala de Exposiciones de la Fundación de Eugenio Mendoza, donde sus trabajos son galardonados.

Dávila es escogido para realizar una gira de pintores por diferentes ciudades de Estados Unidos, donde se nutre de los grandes talentos y corrientes del Pop Art, Op art, Cinetismo, Minimal art, entre otros. Sin embargo, causa impacto en su obra posterior, la influencia de Robert Rauschemberg y Jasper Jones. Regresa a Mérida donde dirige el Centro Experimental de Arte de la Universidad de Los Andes, y continúa pintando.

Se inicia su etapa de Las Cabinas, donde se consolida todo su quehacer pictórico y la base del estilo que conserva hasta el presente, tanto técnicamente como en la forma de concebir un cuadro. Quedan atrás los collages, y se centra en la forma y el color: “Estructurando la planimetría del lienzo como un todo armónico en que los volúmenes avanzan o retroceden, se interceptan y se superponen, en un juego abstracto, de geométrico equilibrio, pero sin desligarse de la materialidad, la inmediatez expresionista”. Con Cabina No 2 gana el Premio Acquavela, el más importante del Premio Nacional, con la No 8 el Premio Arturo Michelena, con la Cabina 7, el 1er premio del Salón Instituto Venezolano de Petroquímica y con la Cabina No 6, el Premio Empaire de Maracaibo.

Dávila, regresa a Nueva York, y cuenta, Antonio Arráiz, en el libro que lleva el nombre del artista y de su obra, que allá se dedica a explorar y a experimentar cada rincón de su ciudad natal, van surgiendo recuerdos y asociaciones de su más temprana infancia, de sus primeras sensaciones y sentimientos; el viaje en el subway. Es así como surge el tema de Los Pasajeros y su serie Hombre Modular, donde incorpora elementos tridimensionales y donde aborda el vacío, la desolación, imprimiendo en sus cuadros una fuerte carga psicológica.

Durante todo su trabajo plástico, Dávila entra y sale del aislamiento. Tiene constantes períodos de interiorización y búsqueda interior, y al propio tiempo, está presente en el acontecer artístico de las grandes urbes, de donde se nutre y renueva su lenguaje.

Es invitado a participar en la Bienal de Sao Paulo, y a su regreso, se instala en Lagunetica, donde actualmente tiene su taller, y allí centra su obra, en el tema de las ventanas, el andamio, las escaleras y las sombras. En este tiempo, La composición cambia, los elementos fortuitos y los animales, en principio, insectos y perros, luego gatos, se fueron incorporando al lienzo. Dávila renueva su producción, y es la realidad que lo rodea de donde va a extraer sus nuevos personajes y modelos: “Son estas últimas obras de extremo realismo que incluso llega a las imitaciones espaciales y texturales del trompe l´oeil, para así sorprender al espectador y amarrarlo a la obra, para tenerlo en la realidad y lo ilusorio, entre el mundo perceptible y otros mundos ocultos, sólo desvelables mediante el arte.”